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Los bordes de la muerte

Es una superstición creer que la muerte es un hecho simple. Como si fuese una puerta y no un laberinto. Pero apenas intentamos decir “vida después de la muerte”, la frase se desarma; porque antes de preguntar por el después, hay que preguntar por el que muere. Y esa es una pregunta de identidad, no de biología. Imaginemos, primero, al dualista: ese hombre antiguo que sospecha que no somos sólo carne, sino también un huésped invisible. Para él, la muerte es una mudanza: el cuerpo cae como una casa vieja y el alma —si existe— continúa en otra parte. El más allá, en esta versión, es una geografía: cielos, infiernos, purgatorios, o un puro desierto mental donde el yo persiste sin órganos, como una lámpara encendida en una habitación vacía. El fisicalista, en cambio, descree de huéspedes. Dice: “somos el cuerpo”. Y si somos el cuerpo, cuando el cuerpo se apaga no queda nadie para enterarse del apagón. La muerte no sería una noche interminable —porque la noche supone un testigo—, sino la abo...

Desprogramación

Sospechar que pensamos libremente puede ser la última ilusión: elegimos, sí, pero casi siempre dentro de un perímetro invisible de interpretaciones socialmente tolerables. La jaula no tiene barrotes; está hecha de categorías heredadas, de usos del lenguaje y de expectativas colectivas. La sociedad no necesita imponerte obediencia por la fuerza —eso sería ruidoso y caro—: necesita previsibilidad. Se necesita que reacciones de un modo esperable. Esa previsibilidad se sostiene con cuatro dispositivos discretos. Primero, el lenguaje, que delimita lo pensable: lo innombrable queda fuera del debate, y lo que sólo se nombra con horror o estigma queda neutralizado antes de analizarse. Segundo, la emoción, más rápida que cualquier razonamiento: el miedo y la indignación achican el campo deliberativo y convierten el pensamiento en reflejo. Tercero, la identidad, el candado más eficaz: cuando una idea se confunde con “lo que soy”, una crítica se vive como amenaza existencial. Y cuarto, el control...

4 tipos de nada. Kant y el Zen

¿Sabías que Immanuel Kant distingue cuatro tipos de nada? Suena raro, pero es un mapa perfecto para un final zen… y bien borgiano. Primero: el ens rationis, el “ser de razón”. Cosas que existen solo como concepto: un unicornio, el infinito, una idea pura. No están en el mundo, pero ordenan nuestra mente. Es una presencia sin mundo. Segundo: el nihil privativum, la nada por privación. Oscuridad como falta de luz, frío como falta de calor, silencio como falta de sonido. No es una cosa: es un hueco que se nota porque falta algo. Tercero: el ens imaginarium, el ser imaginario. No es fantasía cualquiera: son las formas que hacen posible la experiencia. Espacio y tiempo, por ejemplo: no los tocás como una piedra, pero sin ellos nada “aparece”. Es una forma sin cosa… que igual manda. Cuarto: el nihil negativum, la nada negativa: la contradicción pura. Un “cuadrado redondo”. No es que no existe: es que no puede existir. Es una nada sin lugar. Donde Kant dibuja fronteras —qué puede ser objeto y...

lunar kiss

En la altura donde el aire es vidrio fino y el silencio suena como un metal antiguo, crece una amapola púrpura, pequeña shama contra la nieve interminable. El zorro la mira desde su astucia roja, pisando despacio el blanco que todo lo borra. No caza. No hushe. Escucha cómo la flor respira en el frío. Arriba, un cóndor dibuja círculos lentos, como si el cielo fuera un pensamiento que se repite sobre sí mismo. Sus alas sostienen la tarde. Hay también una piedra. Helada. Quietísima. Piensa. Piensa en el tiempo que cae como escarcha, en los pasos que nadie dio todavía, en la luna que sube con paciencia mineral a besar su frente inmóvil. La amapola tiembla pero no se inclina. El zorro comprende algo que no sabría decir. El cóndor casha porque sabe. La piedra espera. Y cuando la luna, redonda y pálida, desciende con su luz de agua antigua, besa la piedra — y el frío se vuelve memoria. Entonces todo es un mismo latido: flor, zorro, ala, roca. La nieve escucha. La noche canta. Y en la altura q...

reversol

Verso I) Camina al borde del abismo como si no fuera nada. No pisa fuerte, no deja marca. Es tan liviana que el suelo no la siente. Está ahí, pero apenas. (Pre-Coro) Su sombra es fina, se estira y se corta, como si dudara de existir. (Coro) Es casi aire, casi un pedazo de atmósfera. Un cuerpo que pesa menos que una palabra. El abismo la mira pero no la traga. No cae. No se queda. Sólo pasa. (Verso II) No habla mucho. Mira el vacío como quien mira el mar: sin miedo, sin esperanza. No tiene anclas. No se ata a nadie. Si se va, nadie la oshe irse. (Pre-Coro) Es tan leve que hasta la tristeza le resbala. (Coro) Es casi aire, casi una sombra sin dueño. El abismo la llama pero no la alcanza. Está viva, pero apenas. Está sola, pero en calma. (Puente) Si un día cae no será ruido. Será silencio acomodándose. (Último Coro) Casi aire. Casi nada. Un pedazo de atmósfera cruzando el borde sin romperse

Ante la ley

Un hombre llega ante la Ley y se encuentra con una puerta abierta y un guardián de abrigo de pieles, nariz larga y barba negra. Pide entrar.  El guardián le dice que ahora no. No le dice que jamás; le dice que no es aún el momento.  Y agrega, como quien deja caer una amenaza tranquila, que pasando esa puerta, hay otros guardianes, mucho más poderosos que él, cuya sola mirada sería insoportable. El hombre, que suponía que la Ley debía estar al alcance de cualquiera, duda. Decide esperar. Se sienta en una silla al costado de la puerta. Pasa allí años. Suplica, pregunta, intenta convencer al guardián. Lo soborna con todo lo que tiene; el guardián acepta, pero aclara que lo hace solo para que no crea que no lo ha intentado todo. La puerta sigue abierta. El hombre envejece mirando la luz que proviene del interior, estudiando cada pliegue del abrigo del guardián, hasta sus pulgas. Olvida el mundo, olvida a los otros guardianes, reduce el universo a ese umbral. Ya casi ciego, percibe...

Macedonio, el zapallo y la Totalidad

“Érase un Zapallo creciendo solitario en ricas tierras del Chaco. Favorecido por una zona excepcional que le daba de todo, criado con libertad y sin la luz solar en condiciones óptimas, como una verdadera esperanza de la Vida.” Así comienza Macedonio Fernández un relato que, bajo apariencia agrícola, despliega una meditación metafísica. El zapallo no es simplemente un fruto exuberante: es la alegoría de una ambición inviable y al mismo tiempo, inevitable. Crece el zapallo sin límite, absorbe espacio, suprime exterioridades. No se contenta con ocupar un terreno; quiere ser cosmos. Y en esa expansión silenciosa se cifra una ironía profunda: la aspiración a la totalidad de la existencia. Desde las alturas conceptuales, la totalidad aparece como promesa de coherencia absoluta: ningún resto, ningún margen, ningún afuera. Un mundo plenamente inteligible, cerrado sobre sí mismo. Pero el problema es lógico antes que metafísico. Cuando algo lo abarca todo, deja de tener contorno, deja de ser al...