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una de más

Hacer siempre una de más, patear la mesa servida, romper el juego en la mano, morder la fruta prohibida. Quemar los puentes de vuelta con el fósforo en la boca, hacer del humo una patria y de la pérdida, otra. Acariciar los colmillos del tigre antes del salto, sentir su aliento de sangre mojándonos el espanto. Mientras el cielo se incendia, nadie sabe, nadie dice, nadie entiende por qué miente la cicatriz cuando escribe. Mientras el cielo se incendia, todo cruje, todo arde; somos la última bengala clavada en mitad del aire. Hacer siempre una de más, sacarle un ojo a la suerte, bailar descalzos encima de los relojes que muerden. Dejar la puerta entreabierta para que entre la tormenta, sentar al miedo a la mesa y darle vino hasta que mienta. Acariciar los colmishos del tigre que nos vigila; mirar de frente a la noche hasta quebrarle las pupilas. Mientras el cielo se incendia, nadie sabe, nadie dice, nadie entiende por qué miente la cicatriz cuando escribe. Mientras el cielo se incendia, ...

cicatrices

Veremos qué dice el azar cuando se quite los guantes, cuando regrese a cobrar las deudas de los amantes. Traerá su baraja herida, su flor de mercurio y sal, porque al repartir la sombra siempre hace trampa al final. Hay una mujer de plumas bailando sobre el abismo, con las dos piernas difuntas y el corazón en lo mismo. No sabe si está bailando o si ha aprendido a caer; cada paso va inventando otra manera de ser. Yamila dice: “Estamos hechos de guerras”. Natalia agrega: “Somos las heridas de las guerras vividas”. Yo no sé quién tiene razón, pero al tocarte comprendo: cada caricia es un frente, cada beso, un armisticio que se va rompiendo. La piel es nuestra atmósfera, nuestro país más pequeño, la frontera donde el sueño se vuelve respiración. Debajo vive una multitud: pulso, sangre y cicatrices, los muertos que nos bendicen, los vivos pidiendo perdón. Veremos qué dice el azar cuando nos vea de frente, vos con tu modo de amar, yo con mi miedo pendiente. Quizá nos deje una herida para pod...

pequeña muerte

No llames otra vez a mi ventana con ese antiguo olor a despedida; todavía me queda alguna vida rugiendo en lo más hondo de mi entraña. Dejá que cante el agua en la acequia, que el monte diga en paz su pensamiento; no quiero que tu negro shamamiento me encuentre arrodishada ante la ausencia. **Estribillo** Si has de venir, vení como tormenta, partiendo de una vez cielo y camino; no seas ese invierno clandestino que apaga lentamente lo que alienta. Venite con relámpagos y espuelas, con toda la verdad sobre la frente; estoy cansada de morir de a poco por cosas que se marchan y no vuelven. La luna se ha quedado entre los sauces, lavando su pañuelo en la corriente; yo guardo todavía entre los dientes el nombre que olvidaron otros cauces. Conozco tu manera de esconderte detrás de cada puerta que no abrieron, en todos los abrazos que murieron un instante pequeño antes de verme. **Estribillo** Si has de venir, vení como tormenta, partiendo de una vez cielo y camino; no seas ese invierno clande...

zamba de lo que no dije

Guardé tu nombre en la boca como una brasa dormida; por no quemarte los labios, me fui quemando la vida. La noche supo el secreto que nunca quise contar: hay palabras que se mueren si no se aprenden a dar. **Estribillo** Ay, corazón, quién pudiera volver el tiempo hacia atrás; decirte todo en un beso y no callarse jamás. Esta zamba es la ceniza de aquel fuego que escondí; lo que no dije contigo lo canto lejos de ti. Tu ausencia cruza mi casa vestida de claridad; todo parece vacío, pero te encuentra al pasar. Yo fui la puerta cerrada, vos, el camino que ardió; cuando aprendí a abrir el alma, ya nadie estaba con vos. **Estribillo** Ay, corazón, quién pudiera volver el tiempo hacia atrás; decirte todo en un beso y no callarse jamás. Esta zamba es la ceniza de aquel fuego que escondí; lo que no dije contigo lo canto lejos de ti.

lo fi chacarera

Se vació la copa, quedó la señal; la noche en la mesa se puso a temblar. Tu nombre en mi boca fue piedra y fue pan; lo dice la sombra, lo calla el umbral. Vuelvo sin volver, me voy sin partir; tu amor es la rueda que gira por mí. No busco consuelo, no quiero razón; la pena conoce mi misma canción. Soy tierra cansada, soy sed de aljibe; me llueve tu ausencia donde nadie vive. Vuelvo sin volver, me voy sin partir; tu amor es la rueda que gira por mí. Si pierdo la mano, baraja el dolor; la suerte me mira con cara de Dios. No tengo victoria, no tengo final; tu beso es cuchillo y también hospital. Vuelvo sin volver, me voy sin partir; tu amor es la rueda que gira por mí. Te llevo en la sangre, te dejo pasar; como agua de acequia que no vuelve al mar. Y si el infinito me sale a buscar, lo encuentro en tus ojos sentado a esperar. Vuelvo sin volver, me voy sin partir; tu amor es la rueda que gira por mí.

zamba de ninguna parte

No vino de ninguna parte, tal vez del sueño o del azar; traía en los ojos la tarde y en la boca algo de sal. No dijo amor, dijo silencio, y el mundo empezó a temblar; yo vi doblarse los espejos como animales de cristal. Hay que perder para mirar, hay que callar para escuchar; todo lo eterno pasa lento. Un beso puede ser también la cifra oscura de un edén que se deshace con el viento. Después no existe, ya lo sé; es una forma del ayer con otro traje y otro nombre. La juventud fue aquel error de creer que un poco de amor podía salvarnos de ser hombres. ¿Qué le habrán hecho mis días a esa muchacha sin final? Me dejó abierta una puerta donde no hay nadie para entrar. Desde entonces cada calle vuelve al mismo callejón; un dios menor barre la sombra de mi pobre corazón. Hay que perder para saber, hay que arder para volver, nadie regresa de sí mismo. Su perfume fue un animal dormido al borde de la sal, soñando un jardín en el abismo. Después no existe, ya lo sé; todo futuro es un papel que fi...

zamba de sal

Un hilo de arena cruza la vereda, la tarde lo mira como quien descifra lágrimas. Un vidrio partido guarda lo perdido; la luz, fatigada, se vuelve una espada. Lágrimas. Ay, cuándo volverán la rosa a su nombre, la casa y el pan. Lágrimas, lágrimas, lágrimas. Patios clausurados, álamos quemados, una puerta abierta sueña con sus muertos. Lágrimas. Cruzan por la esquina humo y golondrina; nadie los alcanza, huye la esperanza. Lágrimas. Ay, cuándo volverán la flor a la sangre, la madre al umbral. Lágrimas, lágrimas, lágrimas. Un niño en la noche junta con su coche pedacitos claros de antiguos veranos. Lágrimas. La luna, severa, sobre la frontera firma en un espejo un país más viejo. Lágrimas. Ay, cuándo volverán los días sin miedo, la mesa y la sal. Lágrimas, lágrimas, lágrimas. Todo lo que ha sido vuelve en el olvido; Dios, desde su bruma, cuenta una por una lágrimas.