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a.p.e.n.a.s

Siempre con un conejo en la galera, siempre con el as en la manga, siempre buscando la última palabra cuando ya no queda nada. Siempre estirando el silencio como si fuera elástico, siempre bordeando el final con un gesto casi mágico. Siempre un truco más, una carta escondida en la mirada, una forma de torcer lo irreversible aunque el mundo ya no diga nada. Y aun así, cuando cae la noche sin testigos, cuando el telón no responde, cuando el aplauso es olvido, queda apenas un hilo de voz suspendido en el aire, como un acto sin público, como un dios sin nadie que lo nombre.

Feliz Fénix

En ciudades vacías sopla el viento, un eco de vos gira en el metal, las luces se apagan lento, lento y el tiempo se rompe en espiral. Hay un cactus guardando el desierto, con espinas de sol y sal, y yo cruzando este cuerpo incierto como un fuego que quiere estallar. Y arde… arde lo que fui, lo que soy, arde sin nombre ni voz, en el borde del espejo. Renazco, como el ave fénix en vos, de las ruinas del adiós, de un silencio sin regreso. El espíritu quedó atrapado en un vidrio que no deja ver, pero late del otro lado como algo que va a volver. Y en la noche quebrada del mundo una chispa se vuelve a encender, no hay final cuando todo es profundo, no hay caída que no haga crecer. Y arde… arde lo que fui, lo que soy, arde en cada rincón, como un grito sin reflejo. Renazco, como el ave fénix en vos, entre polvo y carbón, aprendiendo a ser fuego. Puente: Si me rompo, me abro, me doy, si me pierdo, me encuentro mejor, todo muere para nacer hoy, todo vuelve con otro color. Final: Y arde… pero e...

agosto

Era agosto en tus ojos negros, brillaban como dos lunas sin hablar, y yo ahí, medio perdido, sin saber bien qué mirar. Tenías frío en la nariz, esa forma de reírte al tiritar, y en tus pies un mundo entero que no paraba de vibrar. Y yo te miraba así, como si fuera a entender, pero era más simple que todo: me gustabas, nada más que eso. *(Estribillo)* Y era vos, y era el tiempo cayendo lento, y era yo quedándome en ese momento. Sin pensar, sin buscarle explicación, era agosto en tu mirada y yo cayendo sin razón. Las noches eran más largas, como todo lo que no va a volver, y nosotros ahí parados sin saber qué iba a pasar después. Pero algo estaba claro, aunque no lo pudiera decir: no hacía falta entenderlo, era quedarse y sentir. *(Estribillo)* Y era vos, y era el tiempo cayendo lento, y era yo quedándome en ese momento. Sin pensar, sin buscarle explicación, era agosto en tu mirada y yo cayendo sin razón. Era simple, era así, vos ahí y yo ahí. Y el mundo pasando igual, pero no importaba ...

cicloide

3, 5, 22, 11, no son números: son puertas, códigos del fuego antiguo que en la sangre se despiertan. Ocurre en octubre, mes de umbral encendido, cuando el velo se adelgaza y respira lo escondido. Hay un pulso en la materia, una grieta en la estructura, donde el tiempo se arrodisha en la hora de la purga. Dos peces en el infinito se miran sin parpadear, uno sueña lo que el otro todavía no puede nombrar. Son principio sin comienzo, son reflejo sin final, como un dios que se contempla en su propio manantial. Y después del hijo —carne abierta, forma, signo— desciende el espíritu como un fuego sin destino. No nace: se revela, no habla: ilumina, es el eco de lo eterno respirando en la ruina. 3, 5, 22, 11, la espiral vuelve a ascender, cada cifra es un latido de lo que insiste en no ser. Cicloide del misterio, curva sagrada del ir, lo que cae hacia la sombra es lo que aprende a subir. Ocurre en octubre, cuando arde lo invisible, cuando el alma se desborda en lo apenas perceptible. Y en el cen...

Trujen

Estrújame, amor, como se exprime la luz en la herida del mundo, como el limón que entrega su ácido al misterio de la sed. Sácame el jugo hasta que no quede forma, hasta que el nombre se rompa y el cuerpo olvide su borde. Que no quede nada de mí, ni siquiera el eco de lo que fui, sólo un temblor que se disuelve en la corriente de lo vivo. Hazme camino, puro pasaje sin retorno, que todo sea irse como se va la tarde en el fuego. Y vivir— pero vivir como se vive en lo invisible, sin peso, sin centro, sin dueño, como dos peces que giran en el agua sin tiempo. Estrújame, amor, hasta que duela la forma y nazca lo que no muere.

Los bordes de la muerte

Es una superstición creer que la muerte es un hecho simple. Como si fuese una puerta y no un laberinto. Pero apenas intentamos decir “vida después de la muerte”, la frase se desarma; porque antes de preguntar por el después, hay que preguntar por el que muere. Y esa es una pregunta de identidad, no de biología. Imaginemos, primero, al dualista: ese hombre antiguo que sospecha que no somos sólo carne, sino también un huésped invisible. Para él, la muerte es una mudanza: el cuerpo cae como una casa vieja y el alma —si existe— continúa en otra parte. El más allá, en esta versión, es una geografía: cielos, infiernos, purgatorios, o un puro desierto mental donde el yo persiste sin órganos, como una lámpara encendida en una habitación vacía. El fisicalista, en cambio, descree de huéspedes. Dice: “somos el cuerpo”. Y si somos el cuerpo, cuando el cuerpo se apaga no queda nadie para enterarse del apagón. La muerte no sería una noche interminable —porque la noche supone un testigo—, sino la abo...

Desprogramación

Sospechar que pensamos libremente puede ser la última ilusión: elegimos, sí, pero casi siempre dentro de un perímetro invisible de interpretaciones socialmente tolerables. La jaula no tiene barrotes; está hecha de categorías heredadas, de usos del lenguaje y de expectativas colectivas. La sociedad no necesita imponerte obediencia por la fuerza —eso sería ruidoso y caro—: necesita previsibilidad. Se necesita que reacciones de un modo esperable. Esa previsibilidad se sostiene con cuatro dispositivos discretos. Primero, el lenguaje, que delimita lo pensable: lo innombrable queda fuera del debate, y lo que sólo se nombra con horror o estigma queda neutralizado antes de analizarse. Segundo, la emoción, más rápida que cualquier razonamiento: el miedo y la indignación achican el campo deliberativo y convierten el pensamiento en reflejo. Tercero, la identidad, el candado más eficaz: cuando una idea se confunde con “lo que soy”, una crítica se vive como amenaza existencial. Y cuarto, el control...