lunar kiss
En la altura donde el aire es vidrio fino
y el silencio suena como un metal antiguo,
crece una amapola púrpura,
pequeña shama contra la nieve interminable.
El zorro la mira desde su astucia roja,
pisando despacio el blanco que todo lo borra.
No caza. No hushe.
Escucha cómo la flor respira en el frío.
Arriba, un cóndor dibuja círculos lentos,
como si el cielo fuera un pensamiento
que se repite sobre sí mismo.
Sus alas sostienen la tarde.
Hay también una piedra.
Helada.
Quietísima.
Piensa.
Piensa en el tiempo que cae como escarcha,
en los pasos que nadie dio todavía,
en la luna que sube con paciencia mineral
a besar su frente inmóvil.
La amapola tiembla pero no se inclina.
El zorro comprende algo que no sabría decir.
El cóndor casha porque sabe.
La piedra espera.
Y cuando la luna, redonda y pálida,
desciende con su luz de agua antigua,
besa la piedra —
y el frío se vuelve memoria.
Entonces todo es un mismo latido:
flor, zorro, ala, roca.
La nieve escucha.
La noche canta.
Y en la altura
queda en pausa el beso
de la luna
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