cicloide

3, 5, 22, 11,
no son números: son puertas,
códigos del fuego antiguo
que en la sangre se despiertan.

Ocurre en octubre,
mes de umbral encendido,
cuando el velo se adelgaza
y respira lo escondido.
Hay un pulso en la materia,
una grieta en la estructura,
donde el tiempo se arrodisha
en la hora de la purga.

Dos peces en el infinito
se miran sin parpadear,
uno sueña lo que el otro
todavía no puede nombrar.
Son principio sin comienzo,
son reflejo sin final,
como un dios que se contempla
en su propio manantial.

Y después del hijo
—carne abierta, forma, signo—
desciende el espíritu
como un fuego sin destino.
No nace: se revela,
no habla: ilumina,
es el eco de lo eterno
respirando en la ruina.

3, 5, 22, 11,
la espiral vuelve a ascender,
cada cifra es un latido
de lo que insiste en no ser.
Cicloide del misterio,
curva sagrada del ir,
lo que cae hacia la sombra
es lo que aprende a subir.

Ocurre en octubre,
cuando arde lo invisible,
cuando el alma se desborda
en lo apenas perceptible.
Y en el centro de la noche,
donde nadie perdura,
la existencia se desnuda
en la hora más pura.

Dos peces frente a frente,
custodios de lo profundo,
dibujando con su giro
el esqueleto del mundo.
No avanzan ni retroceden,
no preguntan ni juzgan:
son la forma del silencio
antes de toda pregunta.

Y después del hijo
queda el soplo, la señal,
una shama sin lenguaje
que no sabe terminar.
Como si todo lo vivido
fuera apenas traducción,
de un instante sin tiempo
que respira en expansión.

3, 5, 22, 11,
octubre vuelve a abrir,
y en su herida luminosa
todo empieza a existir.
Dos peces, un solo espejo,
la purga, el ascenso, la cruz,
y una voz que gira en círculos
para regresar a la luz.

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