cien vueltas

Anoche soñé
que la ciudad se quedaba sin ruido,
los edificios dormidos,
y una luz bajaba hasta mí.

No sé qué fue,
pero desperté sonriendo,
como si allá adentro
alguien supiera por dónde salir.

Necesito una señal,
aunque venga mal escrita,
un semáforo en verde,
una ventana encendida.

Que se apaguen los mensajes,
que no suene el celular,
quiero quedarme en silencio
hasta dejar de escapar.

Tengo un cable en el pecho,
corriente por la garganta,
mil pensamientos corriendo
por una avenida cerrada.

No quiero arreglarme esta noche,
ni saber por qué me pasa,
quiero mirar este incendio
sin correr cuando me alcanza.

Vos sabés cómo soy,
doy cien vueltas dentro de mí,
cuando estabas por llegar
yo ya me había ido de ahí.

Escuché esa voz
que me acusa de todo lo que fui,
pero ahora habla sola,
ya no decide por mí.

Anoche soñé
que Dios fumaba en la terraza,
mirando luces de casas
como quien mira el mar.

Me vio llegar,
con las zapatillas mojadas,
me dijo sin decir nada:
“no tenés que demostrar”.

Y lloré,
pero lloré tranquilo,
como llueve en las veredas
cuando ya pasó el peligro.

Necesito una señal,
pero quizá sea esta vida,
la gente cruzando apurada,
el sol entrando en la cocina.

Quiero hacer las paces
con lo que nunca controlo,
dejar de sentirme culpable
cada vez que me siento solo.

Tengo un cable en el pecho,
corriente por la garganta,
pero si abrazo el ruido
tal vez mañana se vaya.

Vos sabés cómo soy,
doy cien vueltas dentro de mí,
cuando estabas por llegar
yo ya me había ido de ahí.

Escuché esa voz
que me acusa de todo lo que fui,
pero ahora habla sola,
ya no decide por mí.

Salí a buscarme por todos los bares,
por otros cuerpos, por otra ciudad,
gasté la noche queriendo encontrarme
y estaba conmigo en el asiento de atrás.

El orgullo es un vidrio en el piso,
si lo aprieto me vuelve a cortar,
tantas guerras peleando conmigo,
¿para qué las quería ganar?

Y ahora estoy acá,
con el cielo arriba del bondi,
con un poco de miedo todavía,
pero sin esconderme de mí.

Vos sabés cómo soy,
doy cien vueltas dentro de mí,
si me querés encontrar
no corras, quedate ahí.

Escuché mi voz,
esta vez no vino a discutir,
me dijo: “hacé lo que puedas,
pero no vuelvas a huir”.

Afuera llueve,
adentro empieza a aflojar.
No encontré ninguna respuesta.

Pero pude descansar.

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