zamba de ninguna parte

No vino de ninguna parte,
tal vez del sueño o del azar;
traía en los ojos la tarde
y en la boca algo de sal.

No dijo amor, dijo silencio,
y el mundo empezó a temblar;
yo vi doblarse los espejos
como animales de cristal.

Hay que perder para mirar,
hay que callar para escuchar;
todo lo eterno pasa lento.
Un beso puede ser también
la cifra oscura de un edén
que se deshace con el viento.

Después no existe, ya lo sé;
es una forma del ayer
con otro traje y otro nombre.
La juventud fue aquel error
de creer que un poco de amor
podía salvarnos de ser hombres.

¿Qué le habrán hecho mis días
a esa muchacha sin final?
Me dejó abierta una puerta
donde no hay nadie para entrar.

Desde entonces cada calle
vuelve al mismo callejón;
un dios menor barre la sombra
de mi pobre corazón.

Hay que perder para saber,
hay que arder para volver,
nadie regresa de sí mismo.
Su perfume fue un animal
dormido al borde de la sal,
soñando un jardín en el abismo.

Después no existe, ya lo sé;
todo futuro es un papel
que firma el polvo cada noche.
Y yo, que quise ser la luz,
terminé siendo una cruz
en el reverso de su nombre.

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