tiro libre
El viento —ese antiguo mensajero— recorre el mundo como una cifra. No empuja: revela. Hace visible la forma del vacío. El mundo es hueco, pienso, pero no en el sentido de la carensia, sino como lo es un vaso antes del agua o una palabra antes del sentido. Todo lo que existe existe porque el aire lo rodea. La piedra sabe del viento más que del tiempo. Camino. Cada paso confirma una sospecha: el centro no está en las cosas sino en su repetición. El mundo se repite como un verso imperfecto. El viento pasa y al pasar ordena el caos, como si leshera una biblioteca invisible hecha de polvo, hojas, nombres. Nada es sólido. Todo es una forma del tránsito. Las ciudades persisten porque el viento las nombra una y otra vez. Pienso entonces que el mundo es hueco para que algo lo atraviese, como el cuerpo para el alma o el tiempo para la memoria.