Ante la ley
Un hombre llega ante la Ley y se encuentra con una puerta abierta y un guardián de abrigo de pieles, nariz larga y barba negra. Pide entrar.
El guardián le dice que ahora no. No le dice que jamás; le dice que no es aún el momento.
Y agrega, como quien deja caer una amenaza tranquila, que pasando esa puerta, hay otros guardianes, mucho más poderosos que él, cuya sola mirada sería insoportable. El hombre, que suponía que la Ley debía estar al alcance de cualquiera, duda. Decide esperar. Se sienta en una silla al costado de la puerta. Pasa allí años. Suplica, pregunta, intenta convencer al guardián. Lo soborna con todo lo que tiene; el guardián acepta, pero aclara que lo hace solo para que no crea que no lo ha intentado todo. La puerta sigue abierta. El hombre envejece mirando la luz que proviene del interior, estudiando cada pliegue del abrigo del guardián, hasta sus pulgas. Olvida el mundo, olvida a los otros guardianes, reduce el universo a ese umbral. Ya casi ciego, percibe todavía un resplandor que viene de adentro. Antes de morir formula la pregunta decisiva: si todos buscan la Ley, ¿por qué nadie más ha venido? El guardián se inclina, y como ya está casi sordo, le grita la verdad al oído: esta puerta estaba reservada solo para él. Ahora le toca cerrarla.
La moraleja —si es que Kafka admite esa palabra— no es la del infierno burocrático ni la del trámite eterno. No hay sellos ni escritorios ni empleados apáticos. Hay algo mucho más siniestro: la fe en una promesa. El hombre no espera un permiso administrativo; espera una Ley que lo salve, que le ordene la vida, que le haga justicia de una vez y para siempre. Cree que detrás de esa puerta hay una respuesta personal, casi íntima, una suerte de reparación a medida. Y ahí está la tragedia: en esa confianza devota en que algún día la Ley vendrá a curar las heridas, incluso las más íntimas.
Cuando al final la puerta se cierra, no se pierde un derecho; se desvanece una ilusión: la de que la redención llega por el sólo efecto de confiar y aguardar que se cumpla una promesa.
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