Apalabrado

Wittgenstein escribió al final del Tractatus: “De lo que no se puede hablar, hay que callar”. Pero, apenas lo pensamos un segundo, advertimos la paradoja: lo dijo. Señaló con palabras el límite de las palabras. Hizo del silencio algo más que una ausencia, un borde; una frontera donde el lenguaje se agota, pero la experiencia sigue. Algo parecido ocurre con John Cage cuando afirma: “No tengo nada que decir y lo estoy diciendo”. No es una broma: es una descripción. De ahí también su apuesta por el silencio, por esa música que parece vacía y sin embargo está llena. Porque el silencio nunca está solo. Siempre cruje un piso de madera, respira un cuerpo, tiembla la ventana con el viento. No hay dos silencios iguales, porque cada silencio está habitado por el mundo. Y el mundo vuelve lentamente al silencio originario. Nietzsche tensa todavía más la cuerda cuando escribe: “No hay hechos, sino interpretaciones”. Y uno no puede evitar sonreír ante el abismo lógico: no sabemos si esa frase pretende ser un hecho o si es, justamente, otra interpretación. Pero tal vez ahí radique su fuerza: en recordarnos que no vivimos dentro de una realidad pura y desnuda, sino dentro de tramas de dualidades simbólicas. Chesterton, leyendo el libro de Job, entendió algo decisivo: el ser humano no queda verdaderamente satisfecho por los razonamientos cerrados. Lo que de verdad nos serena no es la clausura, sino la paradoja; esos nudos simbólicos que nos exceden y, al mismo tiempo, nos contienen. Por eso la teología negativa se atreve a decir que Dios no es un nombre entre otros nombres. En Pseudo-Dionisio, Dios “trasciende toda afirmación” y también “trasciende toda negación”. Es decir: no cabe del todo en ninguna palabra. Dios no sería un nombre, sino precisamente aquello que desborda todos los nombres. Y acaso por eso, al final, el misterio no nos pide tanto una definición como una reverencia. Y esa reverencia la que consigue calmar la sed de nuevas imágenes. Es la palabra final y la primera. La que no puede decirse y por eso mismo nos revela los pliegues de lo real y el límite de la superficie.

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