silencio congelado

En el silencio congelado del infierno
donde no arde la culpa ni la piel,
dos fantasmas se buscan en lo eterno
como dos sombras antes de nacer.

No hay llamas, no hay castigo, no hay campanas,
sólo un aire de vidrio alrededor;
ella lo mira desde la distancia
donde se rompe el nombre del amor.

Él la recuerda sin haberla tenido,
ella lo espera sin poder llegar;
son dos ausencias, dos cuerpos perdidos,
dos juramentos bajo un mismo mar.

Y se aman sin tocarse todavía,
y se nombran sin poder hablar;
el infierno es esta lejanía
de estar tan cerca y no poder cruzar.

Dos fantasmas enamorados
en un invierno sin final,
con los corazones apagados
y una luz imposible de apagar.

Dos fantasmas condenados
a no morir ni despertar;
se besan sólo en los espejos
del hielo azul de la eternidad.

Ella fue luna sobre cementerios,
él fue un hombre que olvidó volver;
se encontraron detrás de los misterios
donde el tiempo no sabe qué perder.

No tienen sangre, pero tienen frío;
no tienen labios, pero tienen sed;
y en cada noche del vacío
vuelven a amarse por última vez.

La nieve cae como una sentencia
sobre las ruinas de algún dios menor;
y en el centro blanco de la ausencia
tiembla intacto todavía el amor.

Y si el deseo fue una puerta oscura,
y si la vida fue sólo un error,
ellos hicieron de la desventura
una patria secreta para dos.

Dos fantasmas enamorados
en un invierno sin final,
con los corazones apagados
y una luz imposible de apagar.

Dos fantasmas condenados
a no morir ni despertar;
se besan sólo en los espejos
del hielo azul de la eternidad.

Quizá el infierno no sea fuego,
quizá sea no poder decir:
“vení conmigo, no te pierdas,
quedate cerca de mí”.

Quizá el castigo sea mirarse
a través de un cristal mortal;
saber que el amor existe
y que no basta para salvar.

Pero aun así, contra la nada,
contra el silencio y su prisión,
ella lo sueña entre la escarcha,
él la resguarda en su canción.

Y cuando el cielo sea ceniza,
y cuando Dios se canse al fin,
dos luces pálidas, unidas,
seguirán ardiendo allí.

Dos fantasmas enamorados
en un invierno sin final,
con los corazones apagados
y una luz imposible de apagar.

Dos fantasmas, dos desterrados,
sin paraíso ni lugar;
pero en el hielo del infierno
aprendieron la eternidad.

Y si nadie vuelve a nombrarlos,
si nadie reza por los dos,
seguirán juntos, separados,
como dos ecos de un amor.

En el silencio congelado del infierno,
donde no existe ya el dolor,
dos fantasmas se toman de la ausencia
y llaman cielo a su prisión.

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